Las aventuras de la mujer pájaro VI: LA DESPEDIDA

Sabiendo ya donde comenzaría su aventura la mujer pájaro pudo dirigirse a su casa donde aguardaba toda su familia terminando los preparativos para el ritual de iniciación al laberinto.

Su padre cosía las últimas plumas al traje ceremonial que vestiría esa noche, mientras su madre disponía los objetos que serían bendecidos por el fuego y que posteriormente la acompañarían en su expedición.

Incluían estos una bolsa de viaje grande, un par de mudas de ropa, una capa de piel y plumas, algunas viandas y conservas, pluma, tinta y pergamino para los mapas, una daga para su defensa y una fotografía de la familia. Todos ellos debían ser purificados por el humo sagrado aquella noche, la tradición decía que si un objeto se quemaba al entrar en contacto con el humo, este había sido rechazado por los dioses y por lo tanto el chamán debía olvidarse de llevarlo consigo.

La casa entera estaba inundada del olor de la comida que sus abuelos preparaban, celebrarían de ese modo la marcha de la mujer pájaro. Sin embargo, a pesar de las atenciones de todos sus familiares, aquel día no era un día feliz. Para la familia de un chamán las cosas no solían ser sencillas, era típico que estas se debatieran entre el orgullo y el miedo por perder a un ser querido. Sentimientos así chocaban creando una atmósfera tensa entre ellos.

-¡Pájaro! ¿Dónde te habías metido? Es tarde y ya está casi todo listo. He invitado a Tiburón a comer con nosotros, hoy debe estar a tu lado.

-Gracias mamá.

Tiburón era la pareja de la mujer pájaro, desde niños habían sido inseparables, pero su relación se había resentido algo en las últimas semanas a causa de la partida de la mujer pájaro. Él no aprobaba su marcha, se había pasado horas tratando de convencerla de que su lugar estaba con su familia, de que debía quedarse. Por ello, la mujer pájaro vio en aquella última comida un modo de reconciliarse con él, esperaba que su actitud fuese conciliadora teniendo en cuenta que no se verían en mucho tiempo.

Una hora más tarde todos estaban sentados alrededor de la mesa, en silencio.

-No va a pasarme nada, os lo prometo.

Dijo la mujer pájaro, y sus padres suspiraron, y sus abuelos agacharon la cabeza. Tiburón la miró y dijo.

-Es posible, pero es peligroso. Estamos dispuestos a apoyarte en esto, claro, pero no puedes pedirnos que estemos tranquilos o que nos guste.

-Lo sé.

La mujer pájaro miró al muchacho de tez oscura en el que su amigo y compañero de toda la vida se había convertido. Sus ojos brillaban, pequeños y oscuros. Su cabello, negro e increíblemente corto enmarcaba sus facciones algo duras. Vio cómo su mandíbula se tensaba al apartar la mirada de ella para fijarla en su plato. La mujer pájaro sabía lo incómodo que se encontraba con aquella situación, él estaba acostumbrado a conseguir todo aquello que quería, para él ella había sido siempre la horma de su zapato.

Para Tiburón la libertad y la independencia eran dos de las características más atractivas de Pájaro, pero también las que más le sacaban de quicio. Con ella se sentía desarmado, fuera de combate, aquellos días más que nunca.

La comida transcurrió tranquila, todos recordaban anécdotas familiares y reían, pero no demasiado. Y más tarde, cuando habían terminado y vuelto a sus quehaceres Tiburón llevó a la mujer pájaro a un aparte.

-Tengo que hablar contigo.

-Claro, dime.

-No quiero que entres al laberinto, eso ya lo sabes. Y te lo tengo que pedir una vez más.

-Tiburón…

-No, escúchame, es peligroso y tu lugar está a mi lado, no dando vueltas por quién sabe dónde. Sé perfectamente lo que el laberinto significa para ti y por eso te seguiría dejando ir a la madriguera a estudiar los mapas…

-¿Que me dejarías hacer qué? Tú no tienes que dejarme hacer nada, igual que no puedes prohibirme hacer nada. Sabes que la decisión ya está tomada y que mañana partiré hacia el laberinto, no hay marcha atrás, así que no vuelvas a decir nada parecido porque no pienso escucharte.

Sus miradas enfrentadas brillaban de rabia, sus cuerpos se arqueaban ligeramente hacia delante y sus dientes se apretaban con fuerza tensando la mandíbula.

El rostro de Tiburón se relajó de pronto y sin decir nada más se marchó de la casa. La mujer pájaro sintió el ruido de la puerta al cerrarse como una flecha en el pecho, pero su destino era más fuerte que los caprichos de un joven, por eso no fue tras él a buscarlo sino que siguió preparándose para el ritual como si nada hubiese sucedido.

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